Recetas dulces

yo y mi ex, la alimentación

Publicando este post, después de meditarlo durante bastante tiempo,  he querido dar a conocer mi antigua relación con la alimentación, para que no pienses que siempre ha sido saludable ni tan amistosa como lo es ahora, sino más bien negativa y peligrosa para mi cuerpo, mi mente y en general, para mi vida. El motivo de haberlo meditado tanto es porque aunque se trate de una viviencia que quizás pueda ayudarte, a ti o a otra persona cercana, no deja de ser algo íntimo y que destapa un poco mi pasado, y por tanto, de alguna manera, una parte del porqué y cómo soy yo en el presente. Y eso, normalmente, no es demasiado fácil, nos sentimos vulnerables casi automáticamente cuando desvelamos hechos o experiencias personales.

Espero que no, pero tal vez te sientas identificad@ con algunas de las cosas que describo a continuación,  o bien,  reconozcas a alguien de tu entorno que quizás pueda estar  atravesando un momento similar. Tal vez pienses que esa persona no está bien; o que lo que hace es un error, pero que no tiene importancia; o que  es su vida, su problema y que nadie puede entrometerse,  aunque esté poniendo en riesgo su salud, o mejor dicho y me repito, su vida.  Cierto es que es un problema personal, pero no por eso debemos dejar que alguien a quien aprecias se autodestruya sin más. Que sepas que, aunque no resulte una tarea fácil,  podeis encontrar la ayuda que necesita, ella, él, tú  y el resto de  personas de su familia o de su círculo más cercano. No debes ser tú quien le aconseje como un terapeuta, pero sí podeis acudir a los profesionales que hoy en día existen específicamente preparados para tratar este tipo de trastornos psicológicos, que requieren un tratamiento concreto, personalizado y diferente al de otros tipos de trastornos. Seguramente ella o él no lo apruebará en un principio, se negará o hasta se molestará por reconocer que no es nada “normal” o saludable su conducta, pero, por favor,  te ruego que insistas, que no desistas nunca de ofrecerle tu ayuda, porque puede que sea hoy, casualmente, ese día en que pueda abrir sus ojos  para ver que no hay otra alternativa que no sea detenerse, autoreconocerse y permitir que le escuchen, que le ayuden, que le salven.  Todo lo demás es un callejón sin salida.

Puede que seas  tú mism@ quien te sientas identificad@ con este post.  Quiero decirte que no tienes porqué sentirte avergonzad@, incomprendid@ o incluso amenazad@.  La realidad es que a tu alrededor hay otras muchas personas que hoy  se sienten como tú,  desbordados, “gobernad@s” sin sentido por sí mismos, perdidos y sin saber hacia dónde y cómo acabará este viaje que emprendisteis y que ahora  te resulta imposible  abandonar.

Quiero decirte,  desde mi más plena convicción,  que te mereces romper con esa situación que hoy te encierra, te oprime y no te permite ser feliz. Sé valiente, pide ayuda, háblalo, rómpelo, grítalo, deshazlo en mil pedazos, y no tengas miedo por lo que ocurra después, porque NADA podrá ser peor que el camino por donde ahora transitas.

Antes de continuar, no debo dejar de afirmar que me siento y  reconozco afortunada. Mi fortaleza física, pero sobretodo,  aquella fortaleza  interior que todos poseemos (tú también, aunque no lo creas),  fueron capaces de superar mi trastorno alimentario, en este caso, una  anorexia nerviosa restrictiva (esto significa sin atracones ni vómitos, solo restricción alimentaria severa) .

Recuerdo con 16 años cuando,  por diversas circunstancias, gané total autonomía e independencia en casa para cocinar y elegir lo que comería cada día. Aquello fue como mi oportunidad de oro para llevar a cabo un plan perfecto, así que de repente, un buen día,  decidí ponerlo en práctica porque definitivamente no me sentía a gusto con algunas partes de mi cuerpo.  Estaba convencida de que si conseguía mejorar un poco mi físico o aquello con lo que no me sentía a gusto, todo lo demás mejoraría porque yo me sentiría mejor conmigo misma, más segura, más cómoda entre los demás… más feliz, en definitiva. Nada más lejos de la realidad…

Acababa de comenzar el segundo año de instituto por aquel entonces. Empecé  a eliminar cada día todo tipo de alimentos que  consumía habitualmente,  sin ser conciente ni preocuparme en absoluto de los riesgos que eso supondría para mi salud. Ni de lejos me imaginaba que las cosas se me irían tanto de las manos. Mi dieta (entiéndase ésta como el conjunto de alimentos/bebidas que tomaba diariamente y no como un régimen de adelgazamiento) era cada vez más restrictiva,  hasta el punto de limitarse a  sólo un vaso de leche, una pieza de fruta o incluso a nada durante otros muchos días. También me negaba a beber todo tipo de líquidos,  ni tan siquiera agua,  porque pensaba que eso me haría verme y sentirme  inflada.  Todas estas conductas me llevaron sin remedio a una situación extremadamente peligrosa, de la cual había perdido totalmente el control  y que no era capaz de reconducir por mí misma. Simplemente directa hacia el abismo….

Evidentemente, adelgacé muchísimo.  Pero no solo había perdido kilos (que por otra parte,  nunca me habían sobrado), sino también mucha masa muscular, y ésta no sólo de mis músculos, sino de todos los  órganos de mi cuerpo, que con esta enfermedad,  se hacen más pequeños y más débiles. El estómago lo primero, después el corazón y todos los demás.

Por otro lado, quería mantenerme físicamente activa constantemente y, aunque en aquel momento no practicaba deporte de manera específica, intentaba no parar quieta ni un segundo, sobre todo después de comer cualquier cosa, por mínima que fuese. Mi sistema digestivo ya no funcionaba, pero tampoco lo hacían correctamente mis funciones vitales, era capaz de sentir frío a 40º C, mis pies se arrastraban al caminar, el tono de mi piel se había apagado, era,  más que pálido, gris, igual que mi estado de ánimo en aquella época, gris como la apatía, la tristeza. Era como alguien que decide pasar desapercibid@ el resto de su vida,  sin querer sentir nada nunca más, pero aún estando en vida, como un zombie. Y aunque sea súmamente difícil de entender,  yo nunca fui consciente de esta situación. De hecho, si hoy sé todo esto es porque las personas que tuvieron que vivir conmigo esa experiencia me lo han podido explicar tal como realmente era.

Yo, simplemente,  estaba ciega y no era capaz de ver la realidad. Mi mente,  absorbida totalmente por la enfermedad,  me impedía darme cuenta de  mi estado de salud y mi apariencia reales. De forma contradictoria y enfermiza, mi cabeza me daba energía y  fuerzas de donde no las tenía para persistir en  ese sinvivir. Es más, había perdido cualquier objetivo físico real; ningún peso concreto me parecía suficiente para verme bien y hubiese mantenido estas mismas conductas tan nefastas,  hasta que mi cuerpo hubiese dicho basta.

Por supuesto, mi entorno social y familiar también se vieron muy afectados. No hay que olvidar que esta enfermedad no solo causa estragos físicos,  sino también  mucho daño en  la vida social de la persona que lo padece y en la de las que la acompañan. Evitaba por eso mismo cualquier reunión social, especialmente en donde hubiese que comer (¡problemón!), además de no  sentir ningún interés por salir o por ningún tipo de actividad de ocio. Tampoco por el sexo opuesto, (¡con 17 años!).

Esta enfermedad te aísla y te lleva a tu mundo, el cual proteges de manera aférrime para que nada ni nadie lo invada. Es, realmente, como si dejases de existir. Ya no quedaba ni un resquicio de aquella chica que había sido yo  hasta entonces, con sus defectos y sus virtudes, pero alguien que vivía, que se equivocaba, se levantaba y que volvía a caer, que aprendía y que se volvía a equivocar. En definitiva,  todo aquello propio de las personas “sanas”, nada más y nada menos, refiriéndome con “sanas” a quienes no están atrapad@s por esta enfermedad.

Afortunadamente,  tuve la suerte de contar siempre con  el apoyo de mi familia, a quienes agradeceré eternamente su paciencia y todos los esfuerzos que invirtieron en ayudarme y en empujarme a salir del pozo,  aunque costase y a la fuerza,  y que nunca se rindieron ante mi cabezonería, mis desplantes, mis desprecios, mis acusaciones…cuánto daño podemos llegar a hacer y cuánto podemos llegar a arrepentirnos de ello…siempre lamentaré ser causante del dolor, angustia e impotencia que sé de sobras que ellos sintieron. Gracias una vez más por perdonarme y por nunca habérmelo tenido en cuenta.

Y después de este lapsus sentimental que aún me remueve por dentro, seguimos, sólo si te sientes con ganas de seguir leyendo, por supuesto.

La situación llegó a tal punto que tuve que pasar un verano hospitalizada para recuperar mi peso normal, pasando por las estrictas restricciones, vigilancia  y supervisión médica propias del tratamiento de este tipo de patologías,  que no  voy a detenerme en  detallar, pero que sin duda perduran en mi recuerdo.  Todo este esfuerzo supuso un esfuerzo económico para mis padres: viajes, terapias psicológicas durante no poco tiempo, consultas con la nutricionista (de quien guardo un dulce recuerdo, por cierto, aunque parezca extraño, por su empatía y por su esfuerzo por entenderme como persona y no solo como paciente). Desde aquí, gracias para siempre.

Pero, realmente, más que las terapias y los tratamientos, creo firmemente que el pistoletazo de salida definitivo, el de vuelta hacia la vida, a la normalidad, a la libertad, a la autoestima, a mi yo de antes,  fui yo misma. Y es que un día, sin saber porqué exactamente, me levanté y pensé: “estoy muy cansada de esta xxxx de enfermedad, de los tratamientos, de las pautas, las limitaciones…”. Me sentía fuerte mentalmente, me reconocía a mi misma otra vez después de tanto tiempo de haberme perdido y tenía ganas de seguir con mi vida sin que otros tuviesen que imponerme más  reglas o que controlarme. Me sentía preparada para ser feliz, o para luchar, para llorar, para lo que estuviese por  venir, pero, sobretodo, sin tener que volver nunca a huir de quien era  o a consolarme haciendo daño a mi cuerpo y a mi salud. Autocastigándome, en definitiva.

La conclusión que quisiera extraer de mi historia personal y mi deseo principal al hacer público este post,  es intentar explicar a todo el que me lea que lo que realmente lleva a un trastorno de conducta alimentaria, como la anorexia, la bulimia, o más últimamente, la ortorexia o la vigorexia, son ciertos patrones psicológicos o personales que no tienen que ver tanto con la presión por la apariencia física o la estética, o con las presiones sociales (las cuales, por supuesto, también influyen), sino con rasgos más profundos e inherentes a la personalidad individual, aquellos que se han forjado incluso desde la infancia y que en gran parte dependerán o estarán influenciados por los valores y la autoestima que seamos capaces de transmitir a nuestros hijos, sobrinos, primos, desde que nacen. No quiero acusar de ningún modo a mis padres como responsables exclusivos o directos de mi enfermedad, más bien quiero expresar que es sumamente importante inculcar confianza, apoyo, cariño y autoestima a los niños desde edades muy tempranas. Evitemos compararles entre sí por cómo son físicamente o medir  su superioridad o valía por su físico o por los bienes materiales que posean. Intentar enaltecer los valores morales, personales e individuales de cada uno. Que sepan que cada uno de nosotros somos especiales por ser tal cual somos, únicos e irrepetibles.

Quiero insistir en que éstas son enfermedades en sí mismas y que deben tratarse como tal y no subestimarlas o pensar que se trata de una moda o problemas pasajeros,  propios de la edad “del pavo” o de la adolescencia, porque normalmente ocurre justo lo contrario, cuanto más tiempo lleva sin reconocerse o tratarse esta enfermedad, más difícil será superarla.

Animo a  pararnos por un momento a observar o a reflexionar con más detenimiento sobre lo que preocupa a esa persona, si carece o no de confianza en sí mismo, si se siente inferior a sus amig@s, si tiene problemas para relacionarse, si es demasiado exigente consigo mismo o si tal vez estamos contentísimos y no nos preocupamos de nada más porque sus excelentes notas nos hacen pensar que todo va de maravilla con él/ella…por desgracia, si algo tienen en común estas personas es que son muy autoexigentes consigo mismos y,  por norma,  muy eficientes y buenos estudiantes, pero no por eso se sienten superiores ni satisfechos con lo que son ni con cómo son, nunca.

No quiero decir con esto que siempre que se den estos rasgos psicológicos o personales tenga que surgir un trastorno alimentario, pero sí se ha demostrado que éstos son muy característicos de las víctimas de estas enfermedades. Existen también otros factores, como un entorno familiar o figuras parentales demasiado autoritarias o protectoras, factores genéticos y /o hereditarios  que predisponen especialmente a padecer alguno o varios trastornos de este tipo, etapas de la más tierna infancia, incluyendo la lactancia o el destete, etc.. Insisto en la importancia de detectar los síntomas o actitudes sospechosas a tiempo. Además, cada vez se producen  en edades más precoces y no sólo en el sexo femenino.

Para terminar, quiero afirmar que estos trastornos, aún cuando ya han sido superados, suelen dejar secuelas más o menos leves, físicas o psicológicas, a lo largo de toda la vida de las personas que los han padecido.

Si te sientes identificad@ con alguna de las experiencias que he querido compartir en estas líneas, o bien conoces a alguien de tu entorno que crees que puede estar pasando por lo mismo o por una situación similar, puedes contactar con alguna de las asociaciones que existen para afectados y sus familiares de trastornos alimentarios en tu Comunidad. Y sobre todo, no tengas miedo a ser TU,  porque TU eres mucho mejor que quien ahora crees que debes ser.

Gracias por leerme, un abrazo infinito ♥

Noemi

 

10 comentarios en “yo y mi ex, la alimentación”

    1. Como me alegra ver como leen tu publicacion y la comparten..porque es señal evidente de ayuda, para quien sufre,sufrio ,entiende o no…y si.Es de mucha valentía publicarlo o hacerlo saber. Es necesario!

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  1. Y yo como tantas madres Qué vivimos ese problema y otras Qué lo están sufriendo hoy, quiero animarles a no decaer jamás. Que la lucha es tremenda y larga. Pero ya, con constancia y los medios actuales se consigue un final feliz. Y a ellas y aquellos padres Qué realmente lo son, qué no duden en gritar, pelear y actuar , con quienes nieguen apoyo. .familia, médicos, bancos, instituciones. etc etc.Que ésto pocos lo entienden.Pero al final se sale. Y qué, quienes realmente lo sufren más aún, son ellos . todos los chicos y chicas o ya no tan jóvenes, qué por motivos miles caen en esto. De corazón ojalá este testimonio de mi hija, sirva de ejemplo y animo para todos! Gracias Hija! Por tu valentía tu empeño y tu bondad . pues no hay nada peor como la impotencia de ver cómo esa enfermedad intenta arrebatar lo qué más queremos. Contigo No PUDO! Y ojalá sean miles tus seguidores! TE QUEREMOS HIJA!

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  2. Agradezco que compartieras tu experiencia, como madre de una pre adolescente, es importante conocer de estos temas y sobre todo poder estar pendientes de los pasos que dan nuestros hijos, para poder apoyarlos cuando lo necesiten.

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  3. Noemi,
    Gracias por compartir. Muy valiente por salir adelante y muy valiente por publicar. Y me gusta mucho cuando hablas de las causas originales (siempre la infancia) pero sin culpabilizar.

    La teoría del apego nos dice que l@s niñ@s necesitan de sus padres empatía, sensibilidad y disponibilidad. Es posible sanar la herida y dejar de perpetuar modelos de apego inseguro.

    Un abrazo

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  4. Hola Bárbara, no hay nada que agradecer.Hoy por hoy me satisface que mi historia llegue a todas partes, muy lejos de ser algo avergonzante, como lo ha sido durante mucho tiempo. Por supuesto, no creo que hayan culpables, solo factores endógenos y exógenos que pueden influir más o menos en la personalidad de, ya no diré adolescentes y pre-adolescentes, sino niñ@s. Pero ya sabemos que no es fácil ni se nace aprendido, en esto de educar.
    Por suerte, como bien dices, si actuamos a tiempo, es posible cicatrizar la herida y continuar. Gracias por leerme, un abrazo.

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